lunes, 23 de mayo de 2011

Lectura somática hermética

De mi mismo

Levanto un pie de la cama, voy despegando el suelo donde levanto el pie: ligero movimiento, mi pierna/ brizna. Caer de paso es un drama; la apertura, esa finitud no puede ser menos discreta. Me escuchan hasta donde el cielo acaba, con precisión: el contacto estruendoso de mi pie modifica el curso natural del camino, ese vector del que yo soy plano, nada más se agota que esa línea sonora. Si me observan, recojo mi sombra, despliegue completo, el cuerpo nunca se guarda nada. Mi perfil se piensa cuando volteo, se escribe en trazos silenciosos, si hay desarmonía semánticamente aún puedo tener la nariz de griego, quizá donde empieza ese movimiento de los párpados es una profecía de un futuro diagrama de ojo, el estudio de la vista que complementa la luminosidad occidental premoderna, el juego de la analogía donde me revelo mirando de un lado a otro. Una boca donde muere la palabra, "lee mis labios" donde las primeras letras encierran el lesema mal y la a (núcleo espacial de el monosílabo) está en lo externo: a)Todo mi discurso es una topología del mal; b)Mi cuerpo es inocente a partir de la fonación leída por los otros ojos. Yo, el de las manos que pronuncian aplauso a la pasividad, siempre que aplaudo un hombre muere en un espectáculo cultural y un artista padece de insomnio. Mis dedos son un conjunto, el límite de mis venas donde no circula otra cosa más que la vibración de mi cuerpo. Mi vertebración es un deseo, osificado cada movimiento será preciso, relativo a su contenido: mi metanarración ficcional se convierte en la motricidad autoreferencial de un vivo.

Danté Manzana

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